La ciberseguridad se prepara para uno de sus mayores desafíos: la era cuántica. Vanesa Díaz, CEO de Luxquanta y presidenta de la Spanish Quantum Alliance (SQuA), explica en su entrevista a Humans of Technology por qué la amenaza cuántica ya afecta al presente y qué papel puede desempeñar Europa en la carrera global por las tecnologías quantum-safe.
Antes de Luxquanta pasaste más de una década desarrollando mercado en Corning, una de las grandes multinacionales de la fibra óptica, en una posición sólida y estable. ¿Qué te llevó a dar el salto a una spin-off académica con apenas unos meses de vida y qué viste en aquel proyecto que quizá otras personas con tu mismo perfil no habrían visto?
Precisamente eso, que era una posición sólida y estable. A los 40 años me di cuenta de que estaba en un mercado, el de la fibra óptica y las comunicaciones ópticas, que se había convertido prácticamente en una commodity. Y aunque en la empresa siempre me apoyaron muchísimo y me confiaron proyectos de innovación, después de diez años en aquel sector sentía que quería probar algo nuevo. Además, al tratarse de una multinacional con sede en Nueva York, las posibilidades reales de crecimiento fuera de la sede central también eran limitadas.
Al final, llegas a los 40 años con una experiencia profesional que quieres poner a prueba, llevarla a un proyecto exigente donde puedas asumir más responsabilidades, aplicar todo lo aprendido y, sobre todo, crecer mucho y muy rápido. Siempre me ha gustado aprender cosas nuevas, la tecnología me fascina y necesitaba ese cambio que Luxquanta me ofreció desde el primer momento. Era una posición con enormes posibilidades de crecimiento: empezar como Business Development Director con un año por delante para llegar a CEO, una figura que siempre había visto como algo casi inalcanzable viniendo de una gran multinacional.
También había visto de cerca, a través de amigos, cómo era la vida en una startup, y eso me animó a lanzarme a un proyecto que, a primera vista, podía parecer arriesgado, a cambio de vivir una gran aventura. El equipo fundador de Luxquanta depositó una enorme confianza en mí, al igual que el centro de investigación del que nació Luxquanta como spin-off, el ICFO, con personas de una calidad increíble tanto profesional como humana. Con ese respaldo, pesaron más el sentido de la aventura y la posibilidad de crecer enormemente que la seguridad de unos años profesionales maravillosos en los que había aprendido muchísimo en Corning.
Siempre estaré enormemente agradecida a Corning, porque me dio las bases de todo lo que vendría después. Pasé aquella década desarrollando nuevos mercados a partir de la innovación en los productos que Corning generaba cada año y que diferenciaban a la compañía de sus competidores gracias a la enorme calidad de cada nueva propuesta. Y me gustó mucho que, viniendo de una empresa que vende precisamente eso —innovación de calidad que aporta un valor real a sus clientes—, al conocer al equipo fundador de Luxquanta me diera cuenta de que podía seguir trabajando desde la excelencia técnica y el rigor científico. Era imposible decir que no.
Entraste en Luxquanta como responsable de desarrollo de negocio y, en poco más de un año, te convertiste en CEO de la compañía. ¿Qué crees que vieron en ti los fundadores y los inversores para confiarte un salto tan rápido y qué tuviste que demostrarte a ti misma para aceptarlo?
Creo que vieron pasión y una capacidad natural para traducir la innovación que estaba teniendo lugar durante los primeros años de la compañía en una visión de mercado, además de la experiencia que había adquirido en Corning para moverme dentro de la industria de las telecomunicaciones y construir y mantener relaciones comerciales en el sector. Llevaba veinte años hablando al mismo tiempo el lenguaje de los operadores y el de los ingenieros, y eso era exactamente lo que necesitaba una spin-off extremadamente sólida desde el punto de vista técnico: complementar un enorme conocimiento de la criptografía cuántica con una visión de negocio capaz de traducirlo en producto y mercado.
Es cierto, sin embargo, que tuve que hacer un ejercicio de valentía para no dejarme llevar por el miedo al fracaso y concentrarme, en cambio, en contribuir al proyecto lo mejor que pudiera. El entusiasmo, la determinación y las ganas de darlo todo estaban ahí, pero el salto profesional era enorme, lleno de desafíos a los que nunca me había enfrentado y que tenía que aprender a gestionar en tiempo récord. Era un reto que exigía salir sin complejos de mi zona de confort y demostrarme que, aunque no tuviera el perfil tradicional de una CEO —al menos tal y como yo lo percibía—, podía aprender a dirigir una empresa cuántica y un equipo de personas con un nivel técnico extraordinario.
En este sentido tuve suerte, porque mi carrera, lejos de haber seguido una línea recta, me había permitido pasar por la ingeniería de producto, la producción y el desarrollo comercial. Así que, después de un año, cuando recibí la confianza de nuestros cofundadores y de nuestros inversores en el consejo de administración para formalizar mi posición como CEO, acepté —con gratitud y, sobre todo, con un enorme sentido de la responsabilidad— el reto de seguir liderando el proyecto para convertirlo en una referencia mundial en su campo.
Y, por el momento, lo estamos consiguiendo, compaginando además mi papel como CEO de Luxquanta con la presidencia de la Spanish Quantum Alliance (SQuA) y con mi reciente nombramiento, por parte del Ministerio de Defensa español, como Delegada Oficial en la Transatlantic Quantum Community (TQC) de la OTAN. Es un verdadero privilegio, porque ambas organizaciones son cruciales.
La TQC es la comunidad que la OTAN creó en 2024, en el marco de su Estrategia Cuántica, para reunir a expertos de gobiernos, industria, mundo académico y centros de investigación de los países aliados. El Ministerio de Defensa español reconoce las tecnologías cuánticas como tecnologías de doble uso, con aplicaciones tanto civiles como de defensa, y por eso es importante que España tenga voz propia en esa mesa. Representar a mi país en un foro donde se decide cómo protegerá la OTAN su ventaja tecnológica frente a las amenazas de la era cuántica supone una gran responsabilidad que, al mismo tiempo, me entusiasma enormemente.
Con SQuA me ocurre algo parecido, aunque lo siento todavía más cerca del corazón. La Spanish Quantum Alliance nace porque en España contamos con un extraordinario pool de talento en tecnologías cuánticas, con empresas que trabajan en todas sus vertientes y, por tanto, con una posibilidad muy real y concreta de posicionarnos como uno de los líderes mundiales del sector.
Es la primera asociación que reúne a todo el ecosistema cuántico español, sin distinguir entre verticales: computación, comunicaciones, sensórica y metrología y tecnologías habilitadoras. Cuenta con más de 50 organizaciones fundadoras —un número que sigue creciendo, con nuevas empresas incorporándose cada semana— entre grandes compañías, universidades, centros de investigación, inversores y startups.
El día de su presentación oficial, en mayo, nos reunimos por primera vez todas las entidades que se habían registrado hasta ese momento y tuve el honor de poder anunciarlo ante el público. Me llenó de entusiasmo ver en una misma sala a tantas personas con las que llevo años trabajando en el sector: profesionales extraordinariamente preparados, inteligentes y entusiastas, con una ambición sólida por liderar esta carrera tecnológica y generar prosperidad para nuestro país. Tenemos mucho trabajo por delante, pero ser presidenta de esta asociación es un verdadero honor y una experiencia tremendamente enriquecedora para mí, tanto profesional como, sobre todo, personalmente.
Cuando tienes que explicar a un consejo de administración o a un comité de dirección —personas que no son físicas ni ingenieras— por qué la amenaza cuántica no es un problema de “dentro de diez años”, sino de hoy, ¿cómo lo explicas? ¿Qué frase, imagen o ejemplo ha funcionado mejor para conseguir que alguien comprenda realmente el riesgo?
Lo primero es explicar a las personas hasta qué punto es importante que nuestras comunicaciones en red sigan siendo confidenciales. Todos entendemos el papel de la ciberseguridad a la hora de proteger la información estática que almacenamos en nuestras empresas e incluso en nuestros hogares. Pero somos menos conscientes de que, en el momento en que nos comunicamos a través de Internet, esa misma información que protegemos cuando está en nuestro poder también debe estar protegida mientras la compartimos con otra persona. Ese es el papel de la criptografía.
La imagen que mejor funciona para explicar qué es la criptografía es la de una postal y una carta. Un dato sin cifrar viaja como una postal: cualquiera que lo intercepte durante el trayecto hasta su destinatario puede leerlo directamente. En cambio, todos los datos que hoy se envían cifrados a través de fibra óptica viajan como una carta bien cerrada, protegida dentro de un sobre o un paquete con una contraseña, que es el candado matemático: un problema que, con la capacidad de cálculo actual, podría requerir 40 años para ser vulnerado.
Esa carta cifrada puede pasar de mano en mano o, en el mundo de las comunicaciones digitales, de un punto a otro de la red sin que nadie pueda leer su contenido durante el trayecto. Conviene recordar que esa red no es algo abstracto: son cables de fibra óptica instalados bajo el suelo de nuestras ciudades y que discurren paralelos a las carreteras cuando conectan una ciudad con otra. Es ahí donde viaja hoy nuestra carta cerrada.
Con esta imagen clara, podemos pasar a explicar la amenaza que representa un ordenador cuántico para nuestra criptografía actual. Estos ordenadores son capaces de realizar determinados cálculos a velocidades enormemente superiores a las de los superordenadores actuales. Problemas que hoy resultan imposibles de resolver dentro de un horizonte temporal razonable podrían resolverse en minutos u horas con un ordenador cuántico suficientemente avanzado.
Si la industria y la inversión en computación cuántica continúan avanzando como hasta ahora, este desarrollo representará uno de los mayores progresos de la humanidad, acelerando campos como la ciencia de materiales, la medicina o la investigación. Sin embargo, esa misma capacidad de cálculo permitirá resolver los problemas matemáticos extremadamente complejos sobre los que se sustenta nuestra criptografía actual, es decir, los candados matemáticos que utilizamos para proteger toda nuestra información mientras circula por esos cables de red.
Los ordenadores cuánticos todavía están en fase de desarrollo y aún no disponen de la capacidad de cálculo necesaria para llevar a cabo este tipo de ataque, pero la amenaza está más cerca de lo que parece, con importantes avances técnicos en todo el mundo impulsados además por un nivel extremadamente agresivo de inversión pública y privada.
Por eso, aunque el momento en el que estos ordenadores cuánticos alcanzarán la capacidad necesaria para vulnerar nuestras comunicaciones sigue siendo una estimación, migrar la criptografía actual requiere tiempo, también desde el punto de vista organizativo. Además, existe una posibilidad real de que haya atacantes que estén interceptando y almacenando hoy datos cifrados a la espera de disponer algún día de la capacidad de cálculo necesaria para abrirlos.
En otras palabras, alguien podría haber interceptado y guardado ya hoy la carta que contiene nuestros datos sin abrirla, esperando disponer en el futuro de un ordenador cuántico capaz de forzarla. Es lo que se conoce como ataque “harvest now, decrypt later”: capturar ahora para descifrar después.
Por eso, el gran mensaje que transmitimos a la industria, ampliamente respaldado por agencias de seguridad de primer nivel en todo el mundo, es que la amenaza ya está aquí. Cada dato sensible que transmitimos podría estar siendo interceptado hoy para ser vulnerado y revelado dentro de cinco, ocho o diez años.
Esto cambia la pregunta de “¿cuándo ocurrirá?” a “¿qué datos no podemos permitirnos que queden expuestos dentro de unos años?”. Datos médicos, secretos industriales, información relacionada con la seguridad nacional y, en definitiva, prácticamente todo aquello que realmente importa y seguirá siendo crítico durante muchos años.
Luxquanta ha apostado por la variante continua de QKD (CV-QKD), un camino diferente al seguido por buena parte del sector con la QKD discreta. ¿Cuál fue la decisión tecnológica más arriesgada que tomasteis al principio y qué habría ocurrido con la compañía si aquella apuesta hubiera salido mal?
La decisión de apostar por la variable continua en lugar de la discreta fue tomada por nuestros cofundadores en el ICFO de una forma bastante natural, porque los operadores de telecomunicaciones, uno de los grandes potenciales adoptantes de esta tecnología, veían un enorme potencial en esta variante.
Para entender el motivo hay que profundizar un poco. En la variable discreta, la primera tecnología QKD que apareció, la información de la clave criptográfica —la contraseña— se codifica en la máquina transmisora utilizando propiedades de fotones individuales, partículas de luz, como la polarización o la fase. Para leerla se necesitan detectores en la máquina receptora, situada en el otro extremo del enlace, capaces de contar fotón a fotón, normalmente utilizando una fibra óptica dedicada que no esté transmitiendo datos.
En la variable continua, en cambio, las claves se codifican en el transmisor sobre la onda electromagnética, modulando su amplitud y fase, y se leen en el receptor mediante detección coherente: el pulso interfiere con una señal de referencia intensa, el oscilador local, y de esa interferencia se obtiene la medida.
Esta diferencia en la detección es la que lo cambia todo desde el punto de vista industrial. Contar fotones requiere detectores muy especializados, costosos y, en sus versiones más sensibles y avanzadas, refrigerados. La detección coherente, en cambio, utiliza los mismos componentes empleados en los equipos de las actuales redes de comunicaciones ópticas.
En otras palabras, la variable continua nos ha permitido construir un sistema de criptografía cuántica apoyándonos en la misma cadena de suministro de componentes que utiliza la industria de las telecomunicaciones. Además, permite conectar nuestras máquinas a cables de fibra óptica que ya están siendo utilizados para transmitir datos.
Cuando explicas a un operador que puede implementar QKD sobre la infraestructura que ya tiene en producción, en lugar de construir y pagar una red paralela, y que además sus componentes son estándares de la industria de telecomunicaciones, la conversación sobre la adopción de esta tecnología se vuelve considerablemente más sencilla.
La gran apuesta consistió, por tanto, en hacer madurar nuestra tecnología para llevarla al terreno lo antes posible y obtener feedback directo de la industria. Industrializar una tecnología siendo una empresa tan pequeña fue un desafío enorme que exigió muchísimos recursos. Había que transformar un montaje de laboratorio, sólido gracias a años de trabajo en el ICFO, en un producto capaz de funcionar en un entorno real de producción, con usuarios reales que quieren una tecnología sencilla de instalar e intuitiva, sin necesidad de saber nada de física cuántica, y que pueda seguir funcionando durante años sin que nadie tenga que tocarla, dentro de la central de un operador o de un data center.
Si la apuesta hubiera salido mal, habríamos perdido mucho tiempo, porque una spin-off se juega muchísimo en sus primeras decisiones estratégicas. Gracias a la colaboración del ICFO y de su oficina de transferencia tecnológica, pudimos confirmar que, si éramos capaces de ofrecer un producto maduro, la variable continua podía competir con la tecnología existente pese a ser más joven y tener todavía prestaciones inferiores a la tecnología legacy, precisamente gracias a su facilidad de integración con las redes actuales.
Hoy podemos decir con enorme orgullo que la decisión fue acertada. Vender pronto nuestras primeras máquinas nos permitió enfrentarnos a las necesidades reales de los clientes, seguir perfeccionando la tecnología junto al equipo de I+D y construir todo el soporte operativo y humano necesario para producir, prestar asistencia y acompañar a nuestros clientes durante todo el proceso.
También hemos construido un nombre sólido dentro del sector, basado en la credibilidad y el rigor tecnológico, una base de clientes en Europa y otras regiones del mundo y la confianza suficiente para cerrar una ronda Serie A de 8 millones de euros con inversores deep-tech de primer nivel —Big Sur y A&G—, grandes compañías del sector telco —GMV y Telefónica— y entidades públicas de gran relevancia —European Investment Bank y CDTI—.
A partir de aquí seguimos avanzando en un mercado con un potencial enorme, con un producto cada vez más sólido y con la ambición de convertirnos en uno de los líderes europeos y mundiales de esta tecnología.
Habéis pasado de vender a operadores de telecomunicaciones y gobiernos a implementar proyectos con hospitales, bancos y grandes proveedores de cloud público. ¿Qué sector te ha sorprendido más por la velocidad con la que ha pasado del “sí, pero más adelante” al “lo necesitamos ya”? ¿Qué ha cambiado exactamente en esa conversación con el cliente?
Desde el principio identificamos que los early adopters, los primeros en implementar estas soluciones, estarían en el ámbito público y gubernamental. La Comisión Europea considera la tecnología QKD necesaria para garantizar la seguridad de sus comunicaciones y también para preservar la soberanía tecnológica.
El activo que representan las tecnologías cuánticas y, en particular, compañías como la nuestra que trabajan en el núcleo de I+D de esta segunda revolución cuántica desarrollando hardware —la parte más compleja, la que requiere mayor inversión de capital y procesos de desarrollo más largos y costosos, tanto en capital humano como en equipamiento e infraestructuras técnicas, porque es la que realmente trabaja con las leyes de la física cuántica— se reconoce como un activo de propiedad intelectual estratégico desde el punto de vista geopolítico para mantener la competitividad entre las grandes potencias.
Por eso, la Comisión Europea está incentivando y cofinanciando las implementaciones de criptografía cuántica en Europa. De hecho, ya estamos en una segunda fase de interconexión de las implementaciones de tecnología QKD que cada Estado miembro ha desarrollado en su territorio durante los últimos tres años.
En Cataluña se oficializará próximamente un proyecto extremadamente potente liderado por el CTTI, que contempla la implementación de 14 nodos de esta tecnología. Es un proyecto ambicioso que lleva la tecnología a un entorno de producción utilizando la propia infraestructura de red óptica de la Generalitat para proporcionar claves criptográficas quantum-safe a diferentes organismos del gobierno: desde el Palau de la Generalitat hasta la Ciutat de la Justícia, pasando por hospitales, universidades y centros policiales.
También sabíamos que las empresas de telecomunicaciones serían grandes adoptantes de esta tecnología y que uno de los puntos más sensibles de la red —y, por tanto, uno de los lugares más lógicos por los que empezar a protegerla— son las interconexiones con los data centers.
Lo que realmente nos ha sorprendido es el efecto dominó que estamos observando durante el último semestre, con telcos de primer nivel que nos invitan a acuerdos marco en los que nos seleccionan como fabricante de confianza para empezar a ofrecer QKD como una capa adicional de seguridad sobre sus fibras ya instaladas, en las conexiones de sus clientes con los data centers.
Estamos exactamente en el punto de inflexión de la adopción de esta tecnología, en el que las grandes telcos ya han analizado e identificado el enorme potencial que tiene para generar nuevos márgenes de beneficio para su negocio.
Como ocurre con cualquier despliegue de una nueva infraestructura de hardware, estamos empezando por los enlaces más críticos, pero el recorrido será parecido al que siguió la fibra óptica: primero se instaló en las conexiones de primer nivel y después fue colonizando progresivamente el resto de la red hasta interconectar la mayor parte de las comunicaciones de nuestras ciudades. Veremos una expansión muy similar de esta tecnología.
Esta aceleración es consecuencia directa de los avances en computación cuántica. Los hitos de su desarrollo se suceden cada vez más rápido y las previsiones sobre cuándo llegará un ordenador capaz de vulnerar la seguridad actual se acercan cada vez más. A esto se suma la actividad de gobiernos y agencias de seguridad de todo el mundo, que están alertando a las empresas y al público sobre esta amenaza y publicando recomendaciones para migrar hacia una criptografía preparada para la era cuántica, una migración que, en realidad, ya ha comenzado.
Muchos CISO ya tienen la criptografía post-cuántica (PQC) en su roadmap como respuesta al problema. ¿Por qué un responsable de seguridad debería considerar también la QKD —un enfoque basado en la física y no en los algoritmos— y cómo pueden convivir ambos modelos dentro de una estrategia real de ciberseguridad sin competir entre sí?
La criptografía cuántica (QKD) parte de una premisa completamente diferente a la PQC. En lugar de basarse en problemas matemáticos, utiliza los principios de la física cuántica para distribuir de forma segura claves perfectamente simétricas entre dos o más puntos, con capacidad para detectar cualquier intento de interceptación de esas claves mientras se distribuyen a través del enlace de fibra que los conecta.
Esta capacidad de detección procede de las propiedades físicas del sistema, no de una hipótesis matemática. Esto añade una capa de protección a cualquier comunicación que puede resistir futuros avances en computación: el nivel de seguridad que ofrece QKD no depende de la capacidad de cálculo del atacante, mientras que PQC se basa en la conjetura matemática de que determinados problemas son irresolubles dentro de un tiempo razonable, una conjetura que podría verse comprometida por futuros avances, como ya ha sucedido en el pasado con algoritmos anteriores de la criptografía clásica.
Y hay algo más: QKD es mucho más sencilla de implementar de lo que se suele pensar, y los datos del sector son bastante claros en este sentido. La migración a PQC no es una operación sencilla ni rápida. Un análisis reciente sobre la migración empresarial estima plazos realistas de entre 5 y 7 años para pequeñas empresas, entre 8 y 12 para las medianas y entre 12 y 15 años o más para las grandes organizaciones.
Y no es solo una cuestión de tiempo, sino también de dependencias. PQC requiere inventariar toda la criptografía existente, actualizar el software de cada aplicación, sustituir el hardware que no la soporte y, sobre todo, esperar a que tus proveedores tengan preparadas las nuevas librerías, porque no eres tú quien controla esas dependencias: las controlan ellos, y sus plazos se convierten en los tuyos.
De hecho, a principios de 2026 solo el 1,8 % de las conexiones TLS 1.3 observadas por Cloudflare utilizaban ya un intercambio de claves post-cuántico, lo que da una idea de lo incipiente que sigue siendo la adopción real.
QKD, en cambio, funciona como una capa adicional a nivel de enlace y puede proporcionar claves criptográficas preparadas para la era cuántica a cualquier máquina o aplicación que funcione sobre él, mediante un protocolo de comunicación estandarizado y adoptado por la industria desde hace años a través de ETSI.
Y lo que vemos sobre el terreno lo confirma: entre dos nodos, las máquinas QKD se implementan en menos de un día. De hecho, ya estamos dejando que sean los propios instaladores del sector quienes realicen las implementaciones en las instalaciones de nuestros clientes finales sin necesidad de que nosotros estemos presentes. Si una tecnología permite eso, es porque es sencilla de implementar.
El talento cuántico es escaso: muy pocas personas en el mundo combinan fotónica, teoría de la información cuántica y desarrollo de producto industrial. ¿Cómo compite Luxquanta por ese talento frente a multinacionales con mucha más capacidad financiera y qué habéis tenido que inventar —en términos de cultura, formación interna o alianzas con universidades— para lo que no existía ningún manual?
Ofreciendo lo que ninguna multinacional podrá ofrecer jamás: la certeza de que tu trabajo, cada día, es una pieza fundamental de un engranaje formado por personas excepcionales que reman contigo para sacar adelante este proyecto.
Aquí no eres un número, eres Matías, Mel, Carlos… Cada persona aporta sus conocimientos y capacidades a un objetivo común y participa en una aventura que compartimos rodeados de personas inteligentes, valientes, divertidas y apasionadas por su trabajo, por aprender y por crecer.
Hoy somos más de 50 personas en Luxquanta, familias que dependen unas de otras en función de lo bien que hagamos nuestro trabajo al final de cada día. Juntos sostenemos esta aventura de convertirnos en aquella empresa que nació pequeña en Barcelona y que se atreve a definir las bases de lo que la tecnología QKD puede aportar a la ciberseguridad mundial.
Una empresa que fabrica en su propio laboratorio de producción aquello que nuestro equipo técnico ha diseñado desde cero, para venderlo en decenas de países dentro y fuera de Europa a grandes compañías y gobiernos. Una empresa que ha visto cómo su esfuerzo se traducía en reconocimiento dentro del sector y cómo la confianza de grandes inversores se transformaba en capital porque han visto nuestro potencial y quieren recorrer este camino con nosotros.
Además, podemos ofrecer algo que incluso en una multinacional resulta difícil encontrar: una gama amplísima de oportunidades de aprendizaje dentro de la misma empresa, con posibilidades reales de crecer, liderar nuevos proyectos y ponerse a prueba cada día más allá de la rutina.
Damos acceso a todo un sector que todavía está por construir, con proyectos capaces de mantener ocupadas incluso a las personalidades más inquietas, los profesionales más aventureros y las mentes más brillantes.
También hemos sido muy deliberados respecto a la diversidad del equipo. Nos imponemos listas de candidaturas equilibradas por género, edad y nacionalidad, buscando siempre a la mejor persona dentro de un pool diverso.
En algunas ocasiones incluso hemos adelantado la creación de una posición para incorporar, por ejemplo, a mujeres con un sólido background técnico, en lugar de permitir que la escasez de candidatas determinara la diversidad de nuestro equipo. Una diversidad que resulta imprescindible para seguir siendo relevantes, ágiles, valientes y también para disfrutar durante el camino. Eso hace que la energía y la cultura de Luxquanta sigan contagiándose a medida que crecemos.
Nada de esto procedía de un manual. Cuando conocí al equipo fundador me di cuenta de que compartíamos los mismos valores, y desde el principio lo convertimos en un compromiso firme con nuestra cultura de equipo, construida de forma consciente y abierta a las críticas, los errores y los ajustes que llegan desde el propio equipo, dando prioridad a aquello que nos hace humanos: la honestidad, la transparencia, la escucha y el apoyo mutuo.
El camino de una empresa como la nuestra es duro, pero trabajar con personas de esta calidad humana, capacidad y entusiasmo hace que la aventura merezca enormemente la pena.
Eres una de las mujeres que lideran una compañía deep-tech en un campo tan técnico y nuevo como la criptografía cuántica. ¿Qué ha significado para ti liderar manteniéndote fiel a tu estilo personal en lugar de adoptar el modelo de liderazgo que quizá se esperaba de una CEO en este sector? ¿Y qué le dirías hoy a otra mujer que duda si dar un salto parecido al tuyo?
La certeza de formar parte de una evolución que enriquece nuestras empresas y nuestra sociedad, porque es en la diversidad donde reside nuestra verdadera capacidad para seguir siendo relevantes, capaces e innovadores.
Resulta muy tentador intentar mimetizarse con el entorno en el que uno entra, tan tentador como inútil, porque una mente diferente siempre funcionará de forma diferente, y perder la propia esencia intentando adaptarse anula precisamente su capacidad de pensar de otra manera y contribuir a un proyecto común en beneficio del grupo.
La verdad es que estoy bastante cansada del edadismo, la misoginia, el racismo y de todos esos prejuicios que han perdido de vista que, si hemos llegado hasta aquí como humanidad, es porque hemos empatizado, colaborado y nos hemos impulsado mutuamente hacia un mundo más justo en beneficio de todos.
Hace solo unos meses descubrí que, además de ser mujer en un mundo predominantemente masculino, tengo un cerebro neurodivergente, con una doble excepcionalidad que combina altas capacidades y TDAH. Por ello he recibido etiquetas muy distintas, desde “intensa” hasta “dramática”, además de críticas a mi forma de comunicarme o trabajar.
Así que asumo este desafío como una oportunidad, no solo para poner en valor la diversidad de género como mujer dentro de este sector, sino también para dar visibilidad a la neurodivergencia y reivindicar nuestra capacidad de contribuir a un proyecto desde una forma diferente de pensar y de observar el mundo que aporta riqueza.
En mi empresa conviven cerebros neurotípicos y neurodivergentes, hombres y mujeres, personas de poco más de veinte años y personas con canas, 13 nacionalidades y, con ellas, una enorme variedad de culturas y tradiciones diferentes… Y puedo asegurarte algo: si Luxquanta se ha convertido en la referencia que es dentro de su sector, es inequívocamente gracias a esta maravillosa, divertida y tremendamente enriquecedora diversidad.
Es incómodo, es difícil, recibes críticas, te enfrentas a prejuicios —todos los tenemos; yo la primera, al no imaginar en ocasiones que la mujer que tengo delante también puede ser una CEO— y muchas veces transgredir para cambiar las cosas requiere una enorme valentía y resiliencia.
Pero, si podemos permitírnoslo —yo siempre digo que debemos embarcarnos en aquello que tenga sentido para nosotros en cada momento de nuestra vida—, creo que tenemos la responsabilidad de ser agentes de cambio y de progreso.
Así que a cualquier mujer que se encuentre en ese momento de su vida en el que siente que puede y quiere aventurarse en un proyecto de liderazgo en el que, además, no encaja dentro de los patrones establecidos, le diría: adelante. Aprieta los dientes, sé humilde durante el camino y escucha a tus compañeras y compañeros de viaje, pero intenta mantenerte fiel a ti misma.
El camino no es fácil y trae consigo momentos de enorme autocrítica, inseguridad y miedo, pero esas vicisitudes también aportan muchas alegrías y aprendizajes que nos cambian y nos moldean para toda la vida. Y, sobre todo, nos permiten trabajar codo con codo con personas excepcionales de las que aprender y a las que podemos ayudar a crecer, y con las que podemos construir no solo un proyecto o una empresa mejor, sino un mundo más amable para las generaciones futuras, donde haya espacio absolutamente para todos.
Mirando hacia 2030, ¿crees que el mercado de la ciberseguridad cuántica acabará dominado por dos o tres gigantes globales o existe espacio real para que empresas especializadas como Luxquanta lideren áreas estratégicas? ¿Qué debería hacer Europa de forma diferente para no repetir el error de depender del exterior en tecnologías críticas, como ya ocurrió con los semiconductores o el cloud?
Es cierto que en Europa no hemos sido suficientemente rápidos a la hora de captar ni generar el capital tecnológico necesario para liderar ninguna de esas tecnologías, aunque ahora se está realizando un sprint muy interesante para recuperar un posicionamiento relevante y una cierta solidez tecnológica.
Pero en el ámbito cuántico el papel de Europa es diferente, y aquí sí somos realmente una referencia mundial: según el Joint Research Centre de la Comisión Europea, el 32 % de las empresas de tecnología cuántica del mundo son europeas.
El problema es que solo capturamos el 6 % de las patentes del sector. Tenemos, por tanto, la fortaleza industrial, pero todavía nos queda camino por recorrer para convertirla en propiedad intelectual propia, especialmente en el caso de las empresas que trabajan con hardware cuántico, porque constituyen el núcleo duro de esta revolución, sobre el que se apoya la multitud de aplicaciones y servicios de otras compañías que también forman parte del sector.
La Comisión Europea lleva años impulsando esta dirección. Quantum Flagship es un programa de más de 1.000 millones de euros a diez años que abarca computación, comunicación, simulación y sensórica cuántica en toda la Unión, y Horizon Europe se ha comprometido a mantener al menos 500 millones de euros adicionales de financiación para el programa.
En el ámbito específico de la criptografía cuántica, con el proyecto EuroQCI, Europa ha sido pionera en incentivar implementaciones a escala continental. Ya estamos interconectando países, trabajando en QKD por satélite, fomentando la madurez tecnológica mediante inversiones millonarias en empresas europeas de QKD como la nuestra para garantizar nuestra soberanía tecnológica, legislando para protegerla y supervisando la cadena de suministro para evitar que compañías como la nuestra se queden sin componentes críticos.
Sinceramente, confío en Europa. Confío porque he visto a mis competidores europeos y al resto de empresas del sector de las tecnologías cuánticas en el continente, y lo que veo son personas extraordinariamente preparadas, con una ambición serena, capaz y valiente.
Esta carrera, nos decimos unos a otros, no solo no vamos a perderla, sino que vamos a ganarla. Y es la voluntad de un colectivo multidisciplinar como el europeo, con el respaldo de la Comisión, la que nos permite esta vez consolidar un posicionamiento al que podemos aspirar sin complejos.
Respecto al mercado de la criptografía cuántica, creo que están empezando a prepararse los grandes movimientos decisivos que definirán quién mantendrá el liderazgo en la era de las tecnologías cuánticas en general.
En Estados Unidos ha surgido un gran gigante del sector que está reuniendo todas las tecnologías —computación, sensórica y criptografía cuántica— bajo una misma entidad. Por otro lado, si nos centramos exclusivamente en la criptografía, existen grandes fabricantes que ya están pensando cómo integrar esta tecnología en sus equipos de red de más alto nivel.
Por tanto, resulta difícil prever qué ocurrirá y cuál será el movimiento decisivo que posicionará a la próxima generación de compañías líderes del sector en la era cuántica, tomando el relevo de la IA, el cloud o los semiconductores.
Lo que sí puedo decir es que nosotros formamos parte de estas conversaciones y que nuestro objetivo no es ser una empresa de nicho, sino hacer realidad nuestra ambición de convertirnos en el próximo unicornio —si se me permite la broma— cuántico.
Todavía somos pequeños, pero tenemos el capital humano, la mejor tecnología de su categoría a nivel mundial y el valor para pensar a lo grande. Luxquanta ha superado la barrera de los cinco años con un producto tecnológicamente potente, un equipo multidisciplinar que destaca en las áreas más relevantes para una empresa de nuestro tamaño y grandes inversores que creen, como nosotros, que tenemos un futuro muy prometedor por delante.
Y no tenemos miedo de luchar por conseguirlo. Porque para tener éxito en cualquier proyecto, personal o profesional, hacen falta rigor, entusiasmo y mucha valentía, y nosotros contamos con un equipo de más de 50 personas que desprende enormes cantidades de las tres cosas.
Si pudieras volver al momento en el que decidiste abandonar la seguridad de una gran multinacional para incorporarte a una startup con apenas unos meses de vida, ¿qué le dirías a aquella Vanesa? ¿Y cómo mides hoy el éxito personal en este camino, más allá de las cifras de la compañía?
A la Vanesa que se incorporó a esta startup hace algunos años le diría que confiara en sí misma y en sus compañeros de viaje. Que el camino será duro, pero merecerá la pena; que crecerá como nunca antes y que se descubrirá a sí misma en cada alegría y, sobre todo, en cada tropiezo del camino.
Porque ser CEO es un trabajo muy exigente. Hay que seguir siendo relevante dentro de un proyecto que crece exponencialmente cada año y que exige de ti la misma velocidad de aprendizaje y adaptación. Tienes que tomar decisiones de enorme impacto con información incompleta, confiando en tu criterio y en el de tus colaboradores, pero conviviendo con una incertidumbre inevitable que forma parte del trabajo.
En otras ocasiones son decisiones difíciles que tomas para proteger a tu equipo, pero que no por ello resultan fáciles de explicar. Por eso, seguir al frente de esta compañía, acumulando éxitos y superando dificultades —que han sido muchas— ya constituye por sí mismo una victoria.
Este proyecto, que empecé sin comprender realmente en qué me estaba metiendo, se ha convertido de hecho en el gran trabajo de mi vida.
Desde pequeña me hacía aquella pregunta: “¿de qué va la vida?”. Y hace un par de años llegué a una conclusión: “de aprender, amar y ayudar”. Y eso es exactamente lo que puedo hacer en Luxquanta cada día.
Aprendo de mis compañeros, del sector, de los clientes y de los partners; trabajo con una tecnología, la cuántica, que siempre me ha fascinado, tan inverosímil que ni siquiera el propio Einstein creía que pudiera ser cierta, y que nuestro equipo ha conseguido comprender y manipular para crear máquinas que aprovechan fenómenos que parecen ciencia ficción simplemente pulsando un botón.
Y, sobre todo, en este proyecto puedo ayudar a mis compañeros a crecer y contribuir a que el mundo proteja sus comunicaciones digitales en esta era cuántica en la que nos hemos embarcado como sociedad.
Por eso no sorprende que, para mí, el éxito, más allá de las cifras de la compañía, consista en poder seguir trabajando con esta tecnología, seguir disfrutando de la confianza de mis inversores para liderar este proyecto y, especialmente, poder trabajar cada día con un equipo extraordinario que disfruta de su trabajo tanto como yo y con el que, además, me río muchísimo.






