En el escenario actual, profundamente influido por los recientes acontecimientos políticos internacionales, el tema de la soberanía digital europea se vuelve fundamental para reflexionar sobre el papel que Europa podrá asumir en los próximos años.
¿Qué significa realmente “soberanía digital europea”? La expresión está en boca de muchos: responsables políticos, CEO de grandes empresas y observadores globales.
Hoy, en 2026, la soberanía digital está en el centro de la agenda europea: no como un simple concepto ideológico, sino como una brújula para decisiones estratégicas, inversiones y regulaciones que influyen en miles de millones de ciudadanos y empresas. Sin embargo, detrás de la aparente claridad terminológica se esconde un desafío complejo. ¿Qué es exactamente la soberanía digital? ¿Cuál es la diferencia entre open strategic autonomy, resiliencia tecnológica y soberanía digital? Y, sobre todo, ¿es un objetivo realista para la Unión Europea o sigue siendo —en muchos aspectos— una aspiración?
¿Qué significa “soberanía digital”?
La soberanía digital europea, según muchas definiciones analíticas, puede entenderse como la capacidad de la Unión Europea (UE) para ejercer de forma independiente el control, la gobernanza y la toma de decisiones sobre tecnologías, datos, infraestructuras digitales y mercados, manteniéndose al mismo tiempo abierta a la cooperación global.
No se trata de levantar barreras ni de aislarse del resto del mundo —palabras que evocan inmediatamente el temor al proteccionismo—, sino de garantizar a la UE autonomía decisional y tecnológica en un contexto de interdependencia digital cada vez más profunda.
Esta definición surge precisamente del enfoque normativo europeo: regulaciones como el GDPR, el Digital Services Act (DSA), el Digital Markets Act (DMA), la Digital Operational Resilience Act (DORA) y el AI Act no solo protegen los derechos fundamentales y la transparencia, sino que configuran el modelo europeo de gobernanza digital, distinto del estadounidense (liberal) y del chino (estatal), ya que busca un equilibrio entre libertad, seguridad y apertura global.
En términos concretos, la soberanía digital se articula en tres dimensiones:
- Tecnológica: capacidad de desarrollar y controlar tecnologías críticas (cloud, semiconductores, AI, cybersecurity).
- Económica: reducción de la dependencia de servicios e infraestructuras extra-UE dominadas por unos pocos actores globales.
- Política y normativa: capacidad de definir reglas y estándares que reflejen valores democráticos, el uso de los datos y una competencia leal.
Soberanía digital, open strategic autonomy y resiliencia
Es fundamental distinguir algunos conceptos que a menudo se utilizan como sinónimos, pero que en realidad son diferentes:
Soberanía digital
Es un concepto más amplio y normativo: implica control y capacidad de decisión, tanto tecnológica como política. La soberanía digital no busca el aislamiento, sino determinar quién toma las decisiones críticas sobre las tecnologías que gobiernan nuestra vida cotidiana.
Open strategic autonomy
Es un término clave en la retórica europea: autonomía porque reduce dependencias críticas; abierta porque mantiene la integración en los intercambios globales. Se trata de una autonomía que reconoce la necesidad de cooperar con socios externos, preservando al mismo tiempo la capacidad de decidir de forma independiente sobre prioridades e infraestructuras.
Resiliencia tecnológica
Es un concepto operativo: se refiere a la capacidad de resistir shocks externos, como ciberataques, interrupciones de las cadenas de suministro o manipulación de datos. Una UE tecnológicamente resiliente puede no ser completamente “soberana”, pero es menos vulnerable a presiones externas.
Estas tres dimensiones interactúan entre sí: una Europa más resiliente puede aumentar gradualmente su autonomía estratégica y, por tanto, su soberanía digital.
Por qué la soberanía digital es central para Europa en 2026
Para comprender la urgencia actual, basta con observar algunos datos y desarrollos recientes:
- El informe sobre el estado de la Digital Decade 2025 subraya que siguen existiendo dependencias críticas en los sectores de los semiconductores, las infraestructuras cloud y la ciberseguridad, lo que obstaculiza la competitividad y la resiliencia de la UE.
- Solo en 2023 y 2024, los Estados miembros adoptaron casi 2.000 medidas nacionales de digitalización, movilizando alrededor de 288.600 millones de euros —el 1,14 % del PIB de la UE—, pero persisten importantes carencias estructurales.
- Según el Barómetro EY 2025, el 80 % de las empresas europeas considera la soberanía digital un criterio estratégico para las decisiones sobre cloud y software, lo que indica una fuerte concienciación, pero también una fragilidad del mercado existente.
En un mundo impulsado por los datos, donde las principales plataformas digitales —y con ellas los gigantes del cloud y de las tecnologías de inteligencia artificial— se concentran en Estados Unidos y China, la capacidad europea para controlar sus propios datos, fomentar ecosistemas tecnológicos locales y proteger la seguridad de ciudadanos y empresas se vuelve crucial.
Brecha entre visión política y realidad industrial
La Comisión Europea ha fijado objetivos ambiciosos en el Digital Decade Policy Programme, que guía a la UE hacia una transformación digital de aquí a 2030 mediante la cooperación entre la Comisión y los Estados miembros. Sin embargo, la brecha entre la visión política y la capacidad industrial es evidente:
Dependencias críticas
A pesar de una regulación sólida y de una visión política clara, la UE sigue dependiendo en gran medida de tecnologías y proveedores no europeos, especialmente en chips, plataformas cloud y numerosos componentes de inteligencia artificial.
Inversiones y recursos
No faltan iniciativas estratégicas como EuroStack —una propuesta para crear un “tech stack” europeo con inversiones masivas (unos 300.000 millones de euros en diez años) en infraestructuras, cloud, cybersecurity y AI—, pero sigue siendo objeto de debate hasta qué punto estas propuestas se traducen en resultados concretos y oportunos.
Limitaciones del mercado
El mercado europeo continúa estando fragmentado: muchas pymes tecnológicas tienen dificultades para competir con los gigantes estadounidenses o chinos. Esto limita la creación de una masa crítica industrial indispensable para sostener realmente la soberanía digital.
La cuestión fundamental: ¿es un objetivo realista?
La respuesta, aunque matizada, es sí, pero con ciertas condiciones:
- Acceso a la inversión: las infraestructuras digitales, los semiconductores, el cloud y la AI requieren inversiones enormes. Sin un cambio de escala en los fondos públicos y privados, Europa corre el riesgo de quedarse atrás.
- Cooperación global: la soberanía no significa proteccionismo. La UE debe mantener la apertura a los mercados globales, al tiempo que desarrolla alternativas europeas.
- Conexión entre capacidad normativa y tecnológica: hasta ahora, la UE ha destacado en la regulación (el llamado “modelo europeo”), pero debe acelerar en la producción y difusión de tecnologías propias para transformar la normativa en una autonomía efectiva.
Este triple desafío —capital, colaboración y capacidad industrial— es lo que hará que la soberanía digital sea realista y eficaz, o que se convierta en una ambición meramente simbólica. La experiencia demuestra que la UE sabe gestionar bien las reglas y los derechos, pero debe mejorar su capacidad para innovar y competir en los mercados tecnológicos globales.
Entre valores y realpolitik
La soberanía digital europea no es una idea abstracta ni una moda de policy. Es una cuestión de poder, seguridad y autonomía futura. Es la elección entre ser protagonistas o simples espectadores.
Europa tiene una carta única que jugar: unir valores democráticos, derechos individuales y apertura global con una capacidad industrial y tecnológica propia y real. Pero esto exige valentía política, inversiones estructurales y una visión estratégica que vaya más allá de las lógicas electorales de corto plazo, junto con la superación de los actuales límites institucionales.
En los próximos años sabremos si la soberanía digital europea habrá sido un espejismo lingüístico o una transformación concreta. Una cosa, sin embargo, está clara: no será el resultado de una sola ley ni de una iniciativa industrial aislada, sino del entramado coherente entre reglas, inversiones y decisiones institucionales y colectivas.

